Del consultorio a la industria: qué hay detrás del negocio del cannabis medicinal en la Argentina
Con más de 350.000 pacientes inscriptos en el registro oficial, según el sector, el cannabis medicinal suma telemedicina, laboratorios y pymes. Qué dicen sus protagonistas, qué datos aportan y qué falta para que se convierta en una industria exportadora.
Hace una década, el acceso al cannabis medicinal en la Argentina dependía en buena medida de familias, cultivadores y organizaciones que lo producían por su cuenta. Hoy alrededor de esa planta se arma una cadena con plataformas de telemedicina, laboratorios de análisis, productores de aceites, fabricantes de maquinaria y empresas de logística y seguridad. Según los datos que difunde el sector, hay más de 350.000 pacientes inscriptos en el registro oficial.
El marco legal
La base es la Ley 27.350, de 2017, que creó el programa nacional de investigación sobre el uso medicinal del cannabis y el Reprocann, el registro donde se inscriben los pacientes y los cultivadores autorizados. En 2022, la Ley 27.669 sumó el marco para la industria del cáñamo y del cannabis medicinal y creó la ARICCAME, la agencia que otorga licencias para producir, importar, exportar y comercializar.
Con ese esquema, la Argentina es el único de los tres países más poblados de América Latina, junto con Brasil y México, que tiene regulada la actividad, según destacan desde la industria.
Una cadena de pymes
La Cámara Argentina de la Industria del Cannabis y el Cáñamo (CAINCCA) reúne a más de 50 empresas. Su presidente, Luis Osler, subraya que el sector se financia con capital privado y pone como referencia a Estados Unidos, donde, según sus cifras, la industria aportó US$130.000 millones al PBI y 450.000 puestos de trabajo en 2024.
Desde la cámara también remarcan el potencial agrícola. Alejandro Mancuso, su secretario, compara el precio de un kilo de yerba con el de un kilo de cannabis de uso medicinal, que según su estimación alcanza los US$3.000 en los escenarios más conservadores. Es una cifra de referencia de la propia industria: el valor real depende de la calidad, los análisis exigidos y la existencia de compradores habilitados.
La telemedicina como puerta de entrada
Del lado de la salud, unos 800 profesionales están inscriptos en el Reprocann. Universidades como la de Quilmes y la de Rosario ofrecen formación, y el Hospital El Cruce, en Florencio Varela, realiza investigación y análisis de calidad.
La startup Clinicann, una plataforma de telemedicina especializada, dice haber atendido a más de 20.000 pacientes de todo el país. Sobre 3.427 historias clínicas analizadas por la empresa, el 75,6% consultó por dolor crónico o musculoesquelético, el 55,5% tenía entre 30 y 44 años y el 38,4% vivía fuera del AMBA. El 61% ya usaba cannabis por su cuenta antes de buscar un médico, y para el 80% esa consulta fue su único contacto médico en el último año.
Ese último dato muestra una oportunidad y un riesgo. La consulta puede funcionar como puerta de entrada al sistema de salud para personas que no se atendían, pero también indica que muchos pacientes con dolor crónico no tienen otro seguimiento médico. Ezequiel Kalb, director médico de la plataforma, sostiene que el cannabis puede funcionar como coadyuvante para aliviar el dolor y reducir de a poco otros analgésicos. La evidencia científica sobre su eficacia varía según la patología, y los especialistas coinciden en que su uso debe tener indicación y seguimiento profesional.
Emiliano Montamat, director de Clinicann, dice que la empresa busca generar “evidencia científica en el mundo real” a partir del seguimiento de sus pacientes, con un software propio y agentes de inteligencia artificial por WhatsApp que registran dolor, sueño y calidad de vida.
Lo que falta
Los protagonistas ubican al cannabis y al cáñamo junto al litio y las energías renovables entre las economías emergentes del país. Para que esa promesa se concrete, el sector necesita un mercado interno transparente, licencias que se otorguen en tiempo y forma y compradores internacionales que confíen en los controles de calidad. Una década de regulación y una gran cantidad de datos de pacientes son un punto de partida, pero no garantizan por sí solos una industria exportadora.
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